Frase de la Sierva de Dios

La Infancia espiritual en la Sierva de Dios Madre María Amada

Autor: José Eduardo Câmara de Barros Carneiro, Brasil

La Madre María Amada del Niño Jesús no solamente fue una gran mística; sino que además recibió muchas luces para la formación de las almas, en especial para sus hijas e hijos: las Misioneras y Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús y de Santa María de Guadalupe, pero también para toda la Iglesia, para todos los creyentes.
Una de las características más particulares de nuestra Madre María Amada es, sin duda, su experiencia profunda de la Infancia Espiritual. Si el “caminito espiritual” de Santa Teresita resonó fuertemente en todo el mundo, en el alma de María Amada, resonó delicadamente con un color muy particular, muy propio. Su alma contemplativa fue conducida por el propio Señor. El primer maestro de la vida interior es Dios mismo, por eso dirá: “Quisiera gritar muy alto y hacerme oír de todas las almas: La dirección de las almas ingenuas y sencillas, de las almas niñas, Dios la toma por su cuenta”.
¡Es el Espíritu Santo el santificador y director de las almas! Con gran delicadeza que María Amada será conducida a su propio camino espiritual siendo “alma niña”. De su encanto infantil por su propia niñez, el Señor introdujo su alma en la belleza de ser “alma niña”: “El Señor me ha concedido luces sobre mi caminito y, en ciertas ocasiones, me ha instruido sobre el particular; lo que se puede reducir a lo siguiente: este caminito es el de la infancia espiritual”.
Hay algo de profético en el deseo de ser “espiritualmente, alma niña” de María Amada. En nuestra generación hay una dictadura de la fama, de lo aparente, todos queremos ser los mejores, los más bonitos y más famosos. ¡Es una verdadera enfermedad! Pero Jesús como Médico misericordioso nos mostró “el camino de la infancia espiritual”, Su remedio divino son las “almas niñas”.
La SD María Amada es una “alma niña”. Ella, consciente de su propia miseria y debilidad, descubrió que su riqueza no está en ser grande: “¿si somos el imposible de la pequeñez y miseria, no debemos estar seguros de que seremos colmados de mayores gracias, que el común de las almas pequeñitas?” Conducida por el Amor mismo, contempla profundamente su propia pequeñez: “Soy el imposible de la miseria y de la debilidad, por lo que creo que jamás existirá un alma más débil que la mía.”
El divino Director, un día, nos cuenta ella misma en sus escritos, le manifestó a ella cada misterio de la vida de Cristo. Para cada misterio, ella recibía “una preciosa enseñanza” y a cada Misterio de Cristo, María Amada tendría que unirse: su Infancia, su Vida Pública, su Vida Eucarística y su Vida Gloriosa. Grandísima lección: María Amada debe vivir de la vida del Salvador.
A uno de estos Misterios de la Vida de Cristo, María Amada está ligada con su propio nombre. Como sabemos, ella es María Amada del Niño Jesús, así el Misterio de la Infancia, el Misterio del Niño Jesús, no solamente deberá contemplarlo y unirse a él, sino que deberá hacer mucho más; el Señor le dice: “Siendo niña, por tu pequeñez y sencillez, imitarás esta mi vida y te dispondrás a enseñar el camino de la Infancia Espiritual, a las almas que yo te confiaré”. María Amada no solamente vivirá la infancia espiritual como muchas otras almas, sino que también tendrá que enseñarla. Será Maestra del “camino de la Infancia Espiritual”, maestra de las “almas niñas”.
Por eso, Ella nos habla de la Sabiduría que aprendió en el Corazón Amante de Jesús: “La infancia espiritual es toda ella fruto del más completo renunciamiento, negación y olvido propio; ese no ser nada para que Él lo sea todo; en una palabra: todo aquello que nos haga niños por virtud. Que por otra parte sea fácil, llano y dulce, tampoco se puede negar. Que todo lo hace el Señor, también es cierto. En este trabajo todo depende de Dios, así como de nosotros.”
Hay una característica de las “almas niñas”, que es fundamental de manera espacial, en la espiritualidad de la Madre Amada: “Tantos dones en las almas niñas se funden en uno: sencillez, una con Dios; de ese Dios que es un mar infinito de infinitas perfecciones y es la Simplicidad infinita.”
La Sierva de Dios, comprendió cómo deberá vivir su “alma niña”: “La sencillez es, no la simplificación del yo, sino la muerte de este gran enemigo; del amor propio.” Así sencilla, “la dulzura será siempre su inseparable compañera” y su “mirar es el mirar de una blanca y candorosa paloma, que jamás mira ni pisa el cieno”.
Para ella, otra característica del “alma niña” es amar su miseria, sin conformarse con ellas; la grandeza estas almas, es su debilidad: “Amemos, nuestra pequeñez, nuestras miserias, sin hacer jamás pacto con nuestros defectos, faltas e imperfecciones”.
Pero como verdadera Madre, ella también advirtió a las “almas niñas” acerca de los errores y de las dificultades del camino del Amor: “Además, nunca se repetirá bastante, que sería error gravísimo, creer que a las almas pequeñitas su Majestad las dispensa o quita todo trabajo y pena en cuanto a la práctica de la virtud y demás; eso jamás podrá ser”.
El Corazón Amante de Jesús manifestó a María Amada que estas almas “serían, en medio de su pequeñez, los grandes apóstoles de su gloria, su viviente alabanza, oración y adoración, pues con Él víctimas de amor serían. Pequeñas en su espíritu, vendrían a ser los más grandes espíritus”.
Ella misma escribe: “Por fin su Majestad me dio a conocer cómo las almas niñas son su perfecta alabanza, almas que en su elevación a Él, a la divina unión, a través de penas y dolores, goces y alegrías, se van convirtiendo en celestes instrumentos, hasta que completo y afinado, según los oídos divinos del Dios del Amor, son elevados por Él, a la celestial mansión, para ser pulsados en los esplendores de la gloria y recrear con sus armonías a la Adorable Trinidad.”
No está la santidad en las cosas extraordinarias, por eso ella decía: “No deseo eso de visiones, revelaciones, etc. deseo con deseo infinito, amar a Dios, a Jesús, con un amor sin medida y hacerle amar del mundo entero“. Todos somos llamados a santidad, todos. Seamos también nosotros, estas “almas niñas”, aprendiendo el “camino da infancia espiritual” con nuestra Madre María Amada del Niño Jesús.
El Corazón Amantísimo de Jesús nos quiere a todos, nos queda a nosotros decir nuestro “sí” al Amor. Hagamos nuestra esta súplica brotada del corazón de Madre María Amada:
“¡Oh Corazón Sagrado de mi Divino Amor! formad, por piedad, en este triste destierro, un gran ejército de incontable número de estas hermosas almas, que con infantil amor, os amen, os amen sin límite. No quiero más oír de tus divinos labios la dolorosa queja de: No soy amado. Busqué quién me consolara y no lo hallé. Amado mío, concede a esta tu pobre y criminal criatura, en el exceso de tu infinita caridad y misericordia, el inmerecido favor de ser contada entre esas almas dichosas, y que, como ellas, de amor viva y muera también de puro amor”.

Oración para su Canonización

Padre Celestial, que te complaces en adornar a tus santos y elegidos con las virtudes de tu Divino Hijo y quisiste abrasar en el fuego de Amor de su Corazón y en el celo ardiente por extender su Reinado a tu hija María Amada y lo manifestaste en su amor hacia los pobres y desamparados; te pedimos la gracia de imitar su ejemplo y para mayor gloria tuya y bien de la Iglesia sea elevada al honor de los altares. Te lo pedimos por Santa María de Guadalupe y los méritos de Cristo Nuestro Señor. Amén.

Oración para su Intercesión

Padre misericordioso, que elegiste a tu hija María Amada, para que abrasada en el amor de Jesucristo, tu Hijo y, llena de celo por la extensión del Reino de amor de su Corazón, se preocupara toda su vida por los que sufren, en especial por los más pobres y desamparados; te pedimos que por su intercesión, nos concedas la gracia que con fe solicitamos… (se hace la petición). Te agradecemos todos los dones que le has concedido y aquellos que por su medio quieras concedernos. Escucha piadoso nuestras súplicas y haznos conocer tu voluntad, por Santa María de Guadalupe y los méritos de Cristo Nuestro Señor. Amén. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!